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GALERÍA – “Tambores, tambores y tambores en el corazón del Slum”. Dharavi. Mumbai

Agosto 2014.

… “Son días de efervescencia en el corazón del Slum. Desde hace varias jornadas el calor húmedo del Monzón se viste de algarabías, nervios, colores y preparativos ante uno de los grandes festivales de India. Que aquí se celebra con desmesurada pasión y que una vez más arranca con estrépito y furor; despertando a ritmo de tambores el espíritu de una de las idolatradas Deidades del infinito Olimpo Hindú. El Dios Ganesh, que da esencia y nombre a este gran acontecimiento anual. El Ganesh Chaturthi. Seguir leyendo GALERÍA – “Tambores, tambores y tambores en el corazón del Slum”. Dharavi. Mumbai

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“Hip Hop en Dharavi slum” by 90 feet. Bombay.

Tejados de DharaviTodo aquel que me conoce sabe de mi predilección por Dharavi. Uno de los mayores slums de Bombay, escenario de la oscarizada película “SlumDog Millionaire” y lugar donde siempre me siento como en casa. Un rincón del mundo que muchos tachan Seguir leyendo “Hip Hop en Dharavi slum” by 90 feet. Bombay.

Es de noche y el Museo de Antropología cobra vida. Una dulce despedida.

Son la 2:00 a.m., la noche ha caído sobre el cielo de Madrid amortiguando su bullicioso devenir y tengo la suerte de encontrarme en un lugar increíble de la capital. Un pequeño rincón vestido de misterios, magia y leyenda donde todavía se escucha el eco de las voces del pasado de la humanidad. Un pasado que nos demuestra la expresión polifacética de una raza capaz de llegar a crear y desarrollar una disciplina para estudiar su propio comportamiento evolutivo: la Antropología.

Le estoy dando los últimos retoques de pintura a las estancias que han acogido durante 137 maravillosos días el fruto de un sueño por el entendimiento de culturas. Un sueño con aroma de India tejido con las hebras de hermandad con las que todos estamos unidos, los unos a los otros. Todavía recuerdo con excitación el momento en el que me comunicaron que nos concedían este maravilloso espacio por el plazo de tres meses. Aunque finalmente fueron más de cuatro, gracias al destino, el karma o simplemente porque la ilusión abre las puertas doradas de lo inesperado.

Me gusta pensar que el Museo de Antropología de Madrid realmente se despierta a estas horas de la noche, cuando el silencio inunda las salas y los objetos milenarios que contiene vibran de una manera especial. Si cierro los ojos casi puedo oír el crujido de los grandes huesos del Gigante Extremeño, situado al otro lado del hall principal. Su enorme esqueleto de 2,35 m , con una mandíbula más que prominente y una manos infinitas de 40 cm, me llevan a imaginar una y mil veces cómo habrá sido la vida de su portador. Agustín Luengo Capilla nació en 1852 en el seno de una familia humilde que se vio obligada a hacer agujeros en las paredes para que su hijo “pequeño” pudiera habitar entre ellas. A los 12 comenzó a trabajar en el Circo, donde se ganó la vida antes de fallecer de tuberculosis ósea a los 26. Aunque en los últimos tiempos gozaría de un dinero extra para sus atenciones médicas pues el fundador de este museo le entregó 3.000 pesetas de la época a cambio de su enorme armadura de calcio cuando el coloso falleciera.

Los crujidos de este gigante, con el que comparto raíces por mi rama materna, se mezclan con una sinfonía silenciosa pero presente de las eras que nuestra humanidad ha ido consumiendo en su frenético devenir. Desde el otro lado del hall se percibe la energía armónica y solidaria de las creencias orientales donde Hinduismo, Budismo o Islam se dan de nuevo la mano. Protegiendo con su esencia común y su mutismo incandescente los rincones de este palacio.

En los pisos superiores suenan los tambores africanos, haciendo ondear sus coloridas vestimentas bajo una ráfaga de viento invisible compuesto por historias de música y danzas que hablan de las leyendas de sus raíces. Algo que parece erizar el bello de las largas melenas de las cabezas humanas reducidas de Ecuador que se exhiben más abajo. Si te acercas a sus vitrina casi se puede sentir el hechizo que sus enemigos formularon para encerrar sus almas en los diminutos cráneos y así absorber su poder.

Y todas estas sensaciones se remezclan con sonidos y aromas que provienen de casi todos los rincones del mundo y que nos hablan de nuestro auténtico pasado, como si se tratara de un álbum familiar de la historia de nuestra gran Familia. Con F mayúscula. Realmente merece la pena perderse por unas horas en este Museo e intentar imaginar a través de sus obras y objetos las escenas de nuestros orígenes.

Pero la sala en la que me encuentro y donde ha permanecido nuestra exposición está completamente vacía. A mi alrededor ya no queda nada, más que el propio eco de mis pensamientos que rebotan en unas paredes blancas cargadas de luz. Las 120 imágenes de nuestros hermanos y hermanas de India junto con sus historias y sueños descansan ya en su embalaje. Aunque hace un rato me han susurrado su satisfacción por haber tenido la oportunidad de mostrar a miles de personas la cara más cómplice y cercana de una cultura lejana aunque enormemente familiar. Además, saben que pronto volverán a ver la luz para seguir contando sus historias en una próxima exposición. A la vuelta de la esquina y bajo el amparo del Festival Internacional de Cine, Imagineindia. Otro pequeño gran sueño que se cruza en el camino.

Urna de los Sueños. Museo Nacional Antropología

La urna de los Sueños también ha desaparecido y reposa ya en el almacén todavía rebosando de cientos de Sueños que los visitantes han ido compartiendo con nosotros en este tiempo y que hoy en día llenan varias bolsas que guardo con cariño y respeto en mi habitación. Cada mañana, con el café bien calentito elijo unos cuantos sueños al azar y me

deleito con su color a emociones plasmadas de manera sincera por grandes y pequeños, madres, abuelos o hermanos, españoles y extranjeros, jubilados o estudiantes universitarias, niños que dibujan y abuelos que escriben con mano firme pero temblorosa. Escritos o dibujados, en color o blanco y negro, con mayúsculas o minúsculas, extensos o concisos, dramáticos o divertidos, … pero todos ellos sinceros y con una brillante capa de esperanza y solidaridad. Un auténtico tesoro que en breve podremos compartir con otras muchas personas en un espacio único de pasado industrial y presente creativo. El Matadero de Madrid. ¡Qué contento me pone este pensamiento!.

Desde el primer día lo tuve claro. Debíamos generar un diálogo entre los sueños de aquí y de allá porque sabíamos que obtendríamos la misma melodía. Obvio, ya que el lenguaje de los sueños es universal.

Entre las dos salas en las que me encuentro existe uno de los puntos más sagrados del Museo. Por cierto, uno de mis favoritos y ante el que presento mis respetos cada vez que lo observo. Una gran lápida de mármol en una de las paredes nos recuerda el alma de alguien que soñó tanto, tanto, tanto, que acabo fundando este Museo. El mismo que vio en nuestro ya Gigante Extremeño la oportunidad de enseñar al mundo las peculiaridades físicas y morfológicas de nuestra especie.

D. Pedro González Velasco nació hace casi dos siglos ( 1815 ) en un pequeño pueblo de Segovia. Hijo de modestos agricultores, se trasladó de joven a la ciudad para estudiar Latín. Y para financiarse los estudios ejerció el oficio de soldado.

Un soldado que quería estudiar Latín. ¿ Te imaginas ?.

Cuando murieron sus padres se trasladó a Madrid, en tres años se convirtió en Médico y en cinco era Cirujano. Iniciando una carrera profesional imparable y convirtiéndose en uno de los Doctores y Catedráticos más prestigiosos del país. Por cierto, uno de esos profesionales vocacionales de la medicina que creía en lo sagrado e imprescindible del Juramento Hipocrático. Un juramento que personalmente respeto y admiro pues ha estado colgado en mi casa desde mi infancia y que ha servido de guía para uno de los mejores médicos que he podido conocer en toda mi vida. Mi padre.

Pero el Dr. D. Pedro González Velasco también era un gran viajero, apasionado por aprender de otras culturas y regresar a casa con pruebas de la variedad, amplitud y similitud del ser humano a lo largo del planeta. Los muchos objetos que fue recopilando en los viajes se amontonaron en su casa y con el tiempo su hogar se transformó en este Museo que ahora mismo me acoge al abrigo de la noche de Madrid.

Por cierto, esta prestigiosa institución fue inaugurada el 28 de Abril de 1875 en un gran evento social por el Rey Alfonso XII en persona. Y tras la visita a las instalaciones el monarca, impresionado por su contenido, le hizo una gran pregunta al bueno del Doctor.

–  “¿Qué deseo pediría para poder seguir haciendo su gran labor de investigación?
–  “Desearía que se me concedieran cuerpos difuntos para poder enseñar medicina a los vivos”.

Ha llegado el momento de abandonar el Museo. Echo un último vistazo a las 2 grandes salas, cierro los ojos y las imagino de nuevo cubiertas con todas aquellas personas que tuve la suerte de conocer en los tres años recorriendo India. La bella Sarojini de Dharavi, el silencioso Asutosh de Varanasi, Purán y sus mágicas marionetas, Ravindra y sus renglones torcidos de Dios, la mirada de los gitanos de Rajastán, Sundra, la presidenta del pueblo y ejemplo de la lucha de las mujeres del país , Fazian en el día que celebramos el fin del Ramadán en Kashmir, Kalash intocable de nacimiento y padre de vocación, mi hermano Shekar, Golam Fakir, Sunil, Pinaki, Sandip, Munianma, ….

Recojo brocha, rodillos y la pintura sobrante, me pongo la chaqueta y antes de salir vuelvo a presentar mis respetos a ese gran doctor, soñador y viajero que luchó hasta el último día por mostrarnos la variedad, belleza y similitudes de los diferentes pueblos del mundo. Rozo la lápida con mi mano derecha, me la llevo a corazón, frente y labios . Tal y como me enseñaron mis hermanos y hermanas de India para presentar los respetos ante aquellas cosas que realmente son importantes en la vida.

Escucho cómo se cierra la puerta tras de mi. Me encuentro en la calle del monarca Alfonso XII, la ciudad sigue silenciosa y desde aquí escucho el ulular susurrante de los árboles de El Retiro. En mi cabeza siguen rebotando los ecos casi mágicos de los habitantes nocturnos del Museo y mi corazón palpita lleno de inspiración y energía renovada por continuar humildemente pero sin descanso la impagable herencia de aquel soldado que quería aprender latín.

Mientras me alejo camino a Atocha, agradezco silenciosamente a todos lo que han hecho posible que este sueño siga creciendo para continuar demostrando que independientemente de razas, clases, creencias, idiomas o procedencias, son más las cosas que nos unen, que las que nos separan.

Porque si juntos entendemos, practicamos, asumimos y sentimos que no somos diferentes … entonces podemos cambiar el mundo.

Así de simple, así de complicado.